La conmovedora historia de dos hermanitos que se abrazaron hasta el final en el terremoto mexicano

Los cuerpos de los niños habían sido encontrados después de 20 horas
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Rescatistas remueven los restos de los hermanos Astudillo de entre los escombros. Infobae

El terremoto en México dejó muchas historias tristes. Entre ellas la de dos hermanitos que perdieron la vida luego de que dos pisos del edificio de departamentos “Erasmo Castellanos” se le cayeran encima.

La mañana de la tragedia, Julián Andrés Astudillo Flores de 11 años y Jimena Lora Flores de 6 años no fueron a la escuela. Estaban solos en su casa: su papá estaba de viaje por trabajo en Colombia y su mamá había salido a realizar las compras. Su abuela estaba a punto de llegar para cuidarlos.

Cuando el edificio se desplomó, Julián jugaba con un silbato que sirvió para llamar la atención de los rescatistas. Lamentablemente, luego de 20 horas de intenso trabajo, encontraron a los niños sin vida pero lo que vieron terminó conmoviendo al mundo: los hermanos estaban abrazados, ya que Julián murió protegiendo a su hermana.


Julián Andrés Astudillo, el padre, contó a Infobae: "A mí me entró una llamada. Me dicen que los niños estaban atrapados, pero que hasta las seis de la tarde estaban vivos, pero que después no volvieron a oír nada. Porque a mi hijo le gustaba mucho el fútbol, tenía un pito como el de los árbitros, y siempre pitaba, pitaba, pitaba, y que ese día también gritaba… Pero a las seis o siete de la noche no volvieron a oírlos nunca más”.

“El niño, como es mayor y era verraquito (valiente), yo creo que agarró a la hermanita y la apretó, y la abrazaba, y me imagino que le hablaba, y así los encontraron, abrazaditos, asfixiados”, expresó su papá.

“Diosito los llamó, él sabrá por qué lo hizo" dijo el padre.

Los dos pequeños cuerpos fueron velados en la madrugada del jueves 21. Julián, el padre, no pudo ir. Sus amigos lo ayudaron con dinero para el viaje, pero lo impidió una huelga de Avianca.

Julián Andrés y su mujer los llorarán por siempre, rezarán por sus almas, a veces reirán recordando sus travesuras, y pensarán ­–entre pena y orgullo– qué habrían sido sus hijos si ese día hubieran ido al colegio.

Nadie podrá reemplazarlos.

Nadie podrá explicarles jamás por qué ellos dos. Justamente ellos dos, los más inocentes de los inocentes.

Fuente Infobae

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