Wilde. El complejo de torres que funciona como una "ciudad" y del que nadie quiere mudarse

Sociedad 01 de junio de 2018 Por
Esto es otro país; la perla negra del Conurbano”, dice Viviana Dueñas, de la Torre 37. María Da Cruz es de la Torre 36 y cuenta: “Bajás, te encontrás con tus vecinos y no sabés a qué hora volvés; acá están todas las cosas buenas de los barrios de antes”.

“Es un no lugar; una propiedad privada abierta a la comunidad. En Argentina no existe un lugar así”, lo definió Castaño, un viejo consejero del barrio, ya fallecido. “Mis hijos están tranquilos porque vivo acá; saben que vivo acompañada por los vecinos”, agrega Dora Rodríguez, en el barrio desde 1985. “¿Cómo me voy a ir si lo que tengo acá no lo voy a encontrar en otro lado? Esto es Europa”, pregunta y responde Beatriz Rodríguez, otra vecina que llegó para la inauguración, en la década del 80.

Los que hablan son vecinos del Complejo Habitacional Wilde, que tiene: 13,5 hectáreas, 48 torres, 2.080 departamentos (son de tres o de cuatro ambientes), 660 cocheras (entre privadas y públicas), más de 12.000 vecinos, 12 puestos fijos de seguridad en las entradas y 14 vigiladores caminando el barrio; una iglesia, un centro comercial, un polideportivo, un gimnasio, un banco, un cajero automático, tres salones de fiestas, una salita de primeros auxilios, un jardín maternal, una escuela primaria, dos canchas de fútbol, una de vóley, un pago fácil y unos quinchos con cuarenta parrillas y todas las comodidades.

B16uSmyxm_1200x0__1
De paseo. Los vecinos valoran la tranquildad en sus calles. Hay vigiladores que las transitan./ Diego Waldmann

Además de los comercios, muchos servicios se brindan puertas adentro del complejo: hay podólogas, masajistas, mujeres que hacen uñas, entre tantas opciones. Es que al vecino del complejo le gusta atenderse con su vecino.

Por todo esto, y por más cosas que se contarán a lo largo de la nota, los vecinos dicen que podrían pasarse meses sin salir del complejo, al que puede ingresar cualquier persona, sin la necesidad de haber sido invitado por alguien. Aunque la seguridad tiene potestad para pedirles identificación, si lo cree necesario.

BkiiBQJxm_1200x0__1
Gran familia. Un grupo de vecinas, inseparables. / Diego Waldmann

El grupo de vecinos recibe a Clarín en las mesas de “Las parrillitas”. Son al aire libre. Pero al lado hay un quincho cerrado. Con aire acondicionado, televisor y todo lo que se necesita para festejar un cumpleaños o pasar un domingo en familia. Aquí es muy común que las familias vivan adentro del complejo, en distintos departamentos. Que los niños que se criaron, al independizarse, busquen alquilar aquí mismo.

“Las expensas no son baratas (rondan los $ 4.000)”, confiesa Viviana Dueñas. “Aunque es el gasto que pago con mayor placer. ¿En qué lugar salís a caminar con el teléfono en mano a la hora de la siesta y no mirás hacia atrás?” Viviana, al igual que unos cuantos grupos, se escribe con sus vecinas a eso de las seis de la tarde. Se ponen de acuerdo, bajan y se juntan para salir a caminar o trotar. En el verano pasa algo parecido, aunque más tarde: se reúnen para tomar mate al aire libre, después de la cena. O para pasear a sus perros.

“Acá la gente es de oro. Uno sabe que su vecino va a estar ante cualquier problema. Por eso, decimos que vivimos en comunidad. Yo estaba fuera de casa cuando se me rompió el lavarropas y se me inundó el departamento. Mis vecinos tenían las llaves: entraron, secaron, limpiaron todo y no me faltó nada”, recuerda Beatriz Rodríguez.

El paisaje parece un sueño. O una foto del pasado. Son las cuatro de la tarde pasadas de un día de semana y las motos no están atadas a palos. Los abuelos juegan con los nietos en las plazas, las señoras y los señores hacen ejercicios, los grupitos de adolescentes conversa en los banquitos. Todo con el sonido de los pajaritos de fondo. Un vecino arregla su auto, otra corrige exámenes, otro comparte un mate con una mujer, otra pareja juega a las cartas. La vida pareciera ser más afuera que adentro.

“Se trata de un emprendimiento privado administrado por sus vecinos. Cualquiera de nosotros puede ser elegido para consejero en las elecciones que hacemos en el teatro Colonial”, explica Alfredo Stolarski, de la Torre 41, presidente de la cooperativa vecinal.

El “barrio” también tiene un reglamento. Establece que, por ejemplo, de 14 a 16 no se puede jugar en las plazas y se debe respetar la siesta. O que habrá multas para los mal estacionados o los motociclistas que conduzcan por la vereda.

ry36H7kgm_1200x0__1
Plaza. El reglamento dice que no se puede jugar de 14 a 16. Respetan la siesta. / Diego Waldmann



Otra característica que hace a este espacio distinto es que cada torre tiene una empleada que se encarga de la limpieza del edificio, un equipo de obras, otro de parques y un fondo de pintura para darle color cada cuatro años a los pasillos, el palier y toda la estructura. En las plazas, la mano de pintura es anual. Cada torre cuenta con un Fondo Operativo Móvil.

“Nuestro registro dice que en 33 años de existencia, nuestros vecinos padecieron cinco robos”, informa Stolarski. Y completa con dos características más de este “no lugar”. La primera de ellas es el del consorcio general (puede recaudar entre $7 y $8 millones mensuales), que suele ofrecer préstamos a los administradores de cada torre. La otra característica del Complejo se refiere a los deudores judicializados. Es que cada vez que alguien deja de pagar las expensas, el resto de los vecinos de la torre debe hacerse cargo del total de la deuda, que en algún momento se recuperará, vía remate.

Fuente Clarín